Academia de Artes Visuales

Robert Frank: nada absolutamente verdadero, pero tampoco absolutamente falso

Robert Frank: nada absolutamente verdadero, pero tampoco absolutamente falso

por Nelson González Leal

A propósito del reciente fallecimiento de Robert Frank, maestro y renovador de la fotografía directa y de la imagen documental de calle, Nelson González Leal realiza una aproximación a las claves de su trabajo, que el autor de este artículo mostró también en su reciente taller de foto de calle dictado en la AAVI.

 

Improvisar. Improvisar. Improvisar. Mirar sin piedad. Dejar el corazón y el verbo en una imagen, en el juego caprichoso de la luz que deambula por los bordes ocultos de una ciudad, a ritmo del saxo y el sexo beat, de su desproporción equilibrada, de su libertad. Pero, ¿cualquier ciudad? O más bien una mítica, como New York o Chicago. ¿Y por qué solo una de éstas? ¿Por qué New York, por ejemplo, si el camino ha sido más largo? Ha sido un tránsito hundido en lo profundo del vasto país soñado y hecho a su propia imagen y semejanza. El selfmade intenso y extenso, natural y mordaz, sostenido en una nota de Ellintong y un coro de iglesia, y visto y provisto por el más americano de los americanos, un suizo llamado Robert Frank, nacido en el seno de una familia judía, por allá por 1924.

¿Acaso hay mejor cóctel que éste para embriagarse de voluntad liberadora, de rechazo a los valores clásicos, al corset? Quien ha visto estas imágenes de corazón y verbo, ¿no ha estado situado frente a un solo de piano de Monk o de Ellintong? ¿No es como pasearse por el “Moanin” de Art Blakey & the Jazz Messengers? Es decir, ¿no es como captar la humanidad del momento?

Uno puede correr el riesgo de dejarse llevar por las notas beats de esas imágenes y decir como Kerouac que hay allí agilidad, misterio, tristeza, locura, extrañeza. Y sin duda la hay. Pero hay sobre todo franqueza, furor e impiedad, elegancia y ritmo. ¿Elegancia y ritmo? ¿Pero cómo puede compaginar esto con el desparpajo y la impiedad? Pues porque no se trata de la elegancia aprendida e impuesta en escuelas de buena conducta, sino aquella que viene de la voluntad de aprehender con desenfado el insólito secreto de las sombras y de la vida, de la dinámica propia de la calle, de aquello que resulta invisible a la mirada por esencial, de todo lo que importa aunque parezca que no y de todo lo que queda afuera aunque parezca que está adentro.

Igual sucede con el ritmo: su expresión está por encima de lo funcional o de lo estético. Su potencia deriva de la capacidad de construir imágenes únicas, que avanzan sobre sí mismas con una morfología dinámica, abierta, no sujeta a patrones clásicos. Imágenes que son la ejecución de un “solo instrumental”, de sintaxis propia, total y compleja (de nuevo: franca), que al partir del asalto brusco e intuitivo de la realidad logran encajarse en cualquier conjunto construido bajo iguales parámetros.

Pero, ¿hablamos de fotografía o de música? ¿No se describe, acaso, al jazz y su fraseo en el párrafo antecedente? Tal vez, pero es que la fotografía de Robert Frank es jazzística, es un parafraseo constante sobre la vida cotidiana, sobre lo imprevisible de la realidad, sobre lo primario y constitutivo, lo germinal, lo que apenas se gesta y que, justo por ello, avanza aún sobre la construcción de su forma con la imposibilidad de responder a ese llamado faústico del “detente instante, eres tan bello”.

Hace un par de años, cuando entrevisté al fotógrafo venezolano Alexis Pérez-Luna para el proyecto “Voces lúcidas tras la cámara obscura”, éste me dijo una frase que se convirtió en el titular de la entrevista: “Necesito un espectador con educación para el silencio”. ¿Y por qué? Pues porque la composición de sus imágenes se sustenta en una gramática sin grandilocuencias que exige contemplación. Su discurso, e incluso su estética, impulsa el vínculo emocional. La respuesta que se espera del espectador no es la de quien repite o revela, desde el reconocimiento visual (en forma y contenido) el índice de la imagen o las relaciones descriptivas de lo que ésta contiene y muestra, sino la experiencia sensorial/emotiva e intelectual que genera. Es decir, ni se presenta ni se exige un simple relato de lo visto como índice de lo real. Igual sucede con la obra de Robert Frank, solo que en ésta lo fundamental, lo esencial es la expresión intuitiva de “aquello que ve el corazón”.

La obra de Frank es impiadosa y no faústica, es decir, no hace concesiones a la simpatía como camino para el reconocimiento y tampoco tiene pretensiones moralizantes ni intelectuales. No pacta con el estatus quo para ganar espacios de validación, porque se ubica siempre del lado de la inconformidad, de la insatisfacción con lo “logrado”, con lo funcional, con lo representativo, aún cuando esto se le exija o se le asigne como registro.

Veamos de Frank uno de sus trabajos menos comentados, “New York Is”, una encomienda realizada para la promoción del diario The New York Times en 1958. El objetivo de esta asignación fue el de generar imágenes que “ensalzaran las virtudes de la ciudad y del periódico como la mejor manera de aprovechar a sus prósperos consumidores de la posguerra”. Lleno de imágenes “elegantes” y “funcionales”, “New York Is”, resulta sin duda la reafirmación de carácter impiadoso de Robert Frank: no hay aquí compasión alguna con quienes esperan imágenes publicitarias al uso, de directa y fácil lectura, imágenes índices o guías para el consumo de un producto comercial. Tal como en “The Americans”, Frank recurre de nuevo a su propio selfmade: intenso y extenso, franco y mordaz.

“New York Is” liberador. Su autor emancipa, dentro del campo de lo publicitario, a la fotografía de la forma y el contenido universal que este campo impone. De esta forma Robert Frank traza una nueva semiótica, un nuevo espacio de significación y de relaciones entre el índice y lo que éste contiene (y muestra). Aquí Frank incorpora -y esto indica lo que vendrá en “The Americans”- dos nociones hasta entonces ajenas a este tipo de fotografía: el contra campo (la cualidad subjetiva del autor) y el fuera de campo (lo que es ajeno a lo visible, pero que proporciona indicios tremendos de la realidad y, sobre todo, anima la lectura dinámica, creativa e intuitiva del espectador). Y ambas nociones subordinan “lo que muestra” al “cómo lo muestra”.

 

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Robert Frank. Imágenes del libro “New York Is”. 1958.

 

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Roberto Frank. Imágenes del libro “New York Is”. 1958.

 

Y el “cómo lo muestra” es, en Robert Frank, definitorio y definitivo. Así lo expresa Jack Kerouac en su introducción a “The Americans”: “y una increíble mujer (creo) Semínola medio negra tirando de su cigarrillo con sus propios pensamientos, una imagen tan pura como el más hermoso solo de tenor de jazz…” (…) “O la imagen de una silla en un café con el sol filtrándose de la ventana para envolver la silla en un halo sagrado que nunca pensé que podría ser capturado por una película y mucho menos descrito enteramente con palabras en su hermosura visual”.

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Robert Frank. Imagen de The Americans

   

Imagen pura (franca, natural) como el solo de tenor en el jazz. Halo sagrado y hermosura visual. Como vemos no hay aquí un simple relato de lo visto como índice de lo real. No, en esta composición está presente la potencia de la cualidad subjetiva del autor, que otorga al índice una carga de imprevisibilidad. ¿Qué sucede y qué puede llegar a suceder en esa escena de la cafetería? La pregunta nos coloca ante otra relevante características de las imágenes de Frank: son siempre una epifanía, el lugar donde se producirá siempre la manifestación de una cosa, que solo veremos si miramos en silencio y con el corazón. Y esa cosa viene, por lo general, de lo que está fuera de campo, es un algo latente, que informa y conforma desde afuera a la imagen. Algo que sabemos que llegará y que puede ser cada vez distinto, aunque ya lo hayamos visto (o escuchado, como en el jazz), y algo que será seguro simple, aparentemente simple.

Y es algo que no se quedará congelado, suspendido en un instante preciso, porque la realidad no es así. No, la realidad que es dinámica, diferente siempre, caprichosa siempre, es como los rostros que Frank fotografía, no para inmortalizarlos en una hazaña imagética (hazaña imagética = conjugación perfecta de técnica y previsualización), sino para devolver lo fotográfico a la vida. Y aquí Frank también es impiadoso con lo fotografiado, porque la vida es premonitoria – no previsible – y por ello amenazante. En consecuencia, no nos sitúa en un espacio de confort. Lo confortable resulta siempre falso.

La realidad es como se refleja en el rostro de la ascensorista de Miami Beach fotografiada por Frank. Es como lo expresa Kerouac en la introducción a “The Americans”: “imágenes tan americanas, cuyas caras no manipulan ni critican ni dicen nada excepto: “Así es como somos en la vida real y si no te gusta no me importa porque vivo mi vida a mi manera y que Dios nos bendiga a todos, tal vez”.

 

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Robert Frank. Imagen de The Americans

Y así es cómo Robert Frank fotografía a su manera, asumiendo a consciencia los propios elementos desestabilizantes de la realidad dentro y fuera del marco fotográfico para – como lo establece Alberto A. Monge en su trabajo citado – propiciar el colapso del tiempo y la revuelta del espacio y anular así cualquier referencia certera a la cual amarrar la representación. Y esto queda definitivamente sellado en otra de las obras del autor – también menos divulgada que “The Americans” –, “Las líneas de mi mano”, una construcción autobiográfica, donde el contra campo y el fuera de campo ya se hacen campo absoluto, presente y obvio de lo fotográfico.

Improvisar. Improvisar. Improvisar. Mirar y construir sin piedad, sin ataduras, desde la naturalidad y la imprecisión propia de lo real, que mucha veces coloca lo esencial fuera de la comprensión y de la capacidad concertada de la percepción común. Robert Frank nos instala – como lo hizo y lo sigue haciendo el jazz – en el territorio de lo imprevisible y lo dinámico, de lo que no podemos asir con facilidad y por ello nos demanda mayor atención. Robert Frank no nos da imágenes llenas de certeza, por el contrario, siempre nos hace dudar, pero no de la cualidad de lo fotográfico, sino de lo que se asume como calidad de la representación a partir de su proximidad con la tradición de la mímesis imagética. ¿Y cuál es el mayor logro de todo esto? Que puede haber cualquiera otra imagen que nos haga dudar de su vitalidad, menos una de Robert Frank, porque a partir de él no hay nada absolutamente verdadero como índice, pero tampoco absolutamente falso.

 

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