Ad Astra: El declive de la ciencia ficción

Ad Astra, una película de James Gray en la reseña de Mario González Suarez.

 

La ciencia ficción casi desde el principio desvió su foco del asombro tecnológico al vislumbre de que la tecnología nos pone contra la pared, saca lo peor de nosotros y refrenda que nunca dejaremos de ser más que seres encarnados. A ese género le queda el mérito de haber llegado antes a lo que vivimos hoy, la ciencia prometía que los robots iban aligerar el trabajo del hombre, y la ficción nos avisó de que la humanidad trabajaría para las máquinas. Los viajes al espacio, quizá el más poético de los tópicos de la sci-fi, tienen la inconfesada intención de sacarnos no de la Tierra sino del cuerpo, que es prácticamente lo mismo. Por más lejos que viaje una nave siempre llegará al negro y estrellado cielo de nuestra psique, en cualquier momento que cierre los ojos de pronto veré una luz que se acerca, parpadea, emite un mayday o la tripulación toda ha muerto hace siglos a la velocidad de la luz o trae un virus a bordo o sólo viene a decirnos que no hay nadie allá afuera. 

No sé hasta qué punto haya sido intencional la misteriosa clave en que quiere narrarse Ad Astra. Lo que parece una peli de astronautas va revelándose una exploración de corte gnóstico que empieza con el guiño a El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad, 1902), una alegoría sobre la encarnación del mal. En la novela Charlie Marlow va en busca del heresiarca Kurtz, en Ad Astra el mayor Roy McBride es enviado en una misión a Neptuno para localizar y poner fin a quien desde allá está disparando hacia la Tierra partículas de alta energía; en este caso, el hombre tras el cual va el mayor McBride es nadie menos que su padre, el comandante Clifford McBride. 

Clifford McBride comandaba el Proyecto Lima, una expedición tripulada al sistema solar externo iniciada hace 29 años. Su nave desapareció hace 14 y al comandante se le dio por muerto, y así lo cree su hijo. Spacecom, la empresa que lo puso al frente del Proyecto Lima, ahora lo considera el culpable de las detonaciones de antimateria y quiere detenerlo a toda costa. McBride sabe utilizar la antimateria y una emisión no controlada de ésta podría desestabilizar el sistema solar y acabar con la vida. Por eso han llamado a Roy, no precisamente por su brillante carrera aeroespacial sino porque es el señuelo que el comandante McBride no podrá eludir. Thomas Pruitt, un experimentado astronauta y viejo amigo de Clifford, cree que éste no despareció sino que se oculta de los hombres, de hecho Spacecom nunca consideró que estuviera muerto y prefirió hacerlo pasar por un héroe antes que permitir que manchara el nombre de la compañía. 

Para no llamar la atención en medio de la crisis planetaria, Roy parte en un vuelo comercial a la Luna, desde cuyo lado oscuro volará a la base marciana Ersa, la última estación habitada en el sistema solar. Desde aquí debe enviar el mensaje a su padre, tratar de contactarlo para que responda. No es claro por qué Roy debe apersonarse en Marte, pues se podría grabar el mensaje en la Tierra y enviarlo después desde allá. Enseguida Spacecom lo aparta de la misión por considerar que está muy comprometido personalmente, no quieren decirle que su padre está vivo ni que la intención de la compañía es matarlo. Roy tenía 16 años cuando su padre partió y 29 cuando desapareció. Su misión se cifraba en encontrar no sólo vida sino consciencia más allá del sistema solar. La frustración de Clifford se tornó pesadumbre y se resolvió en ira, pues acabó asesinando a toda su tripulación, que en algún momento se amotinó para volver a la Tierra. 

El predecible giro de la trama viene cuando Roy, en contra de las órdenes de sus superiores, se apodera de la nave que irá tras el Proyecto Lima; accidental pero inevitablemente elimina a la tripulación, como su padre. Se propone volar el Proyecto Lima con un arma nuclear y llevar a su padre de regreso a la Tierra. La obsesión de Clifford por hallar vida inteligente, en realidad es una búsqueda de Dios o al menos una seria interpelación, ¿por qué nos has abandonado?, que es la misma pregunta que le hace su hijo Roy. A Clifford no le importó abandonar a su familia, y aunque Roy lo creía un héroe lleva en el alma el abandono del padre. Es un espejo de la herida de Clifford, a quien no puede salvar. El silencio de Dios orilla a Clifford a destruir su Creación, pues si estamos solos, si no tenemos hermanos en el universo, si no hay respuestas a nuestro propio misterio más vale desparecer. Clifford se coloca en el lugar de Dios. 

La atmósfera de la peli es de profunda melancolía, el dolor de Roy es el de la insuficiencia, el de quien no puede vivir con nadie, el de una humanidad que no logra estar a la altura de sí misma. Roy se engaña, y creo que a sabiendas, cuando recita su propio credo y dice viviré y amaré. Como Monte, el protagonista de High Life (Claire Denis, 2018), otra peli conmovedora, vive deshauciado. A ambos los sostiene apenas una curiosidad sin expectativas, Monte va en un cajón hacia un agujero negro, Roy abandona a Eve, su mujer, por tomar una misión tras otra. Cuán solo llega a sentirse el hombre sensible. Estas dos películas han ido más lejos que cualquier sonda espacial de la NASA. 

Otro vislumbre de Ad Astra es que la inercia del sistema económico mundial no sólo ha devorado todo el planeta sino que ha brincado a la Luna, ya colonizada aunque sin fronteras, donde campean las mismas empresas depredadoras de la Tierra, prosperan las guerras nacionales por los recursos del satélite y ha cundido la consecuente delincuencia. Los depredadores de siempre ya instalaron también en la Luna sus tiendas, vemos fugazmente las marcas Subway y DHL. Una de las mejores secuencias de la peli es la persecución y enfrentamiento entre el mayor McBride y una banda de piratas en los llanos lunares. El que me parece el gran momento cinematográfico de esta peli, después del oscuro encuentro entre padre e hijo, empieza en la secuencia de Clifford luchando cuerpo a cuerpo con su hijo en el espacio, parece un feto con todo y cordón umbilical flotando en el vacío del vientre del cosmos. Se completa cuando Roy alcanza su nave después de atravesar como en un mito el anillo de asteroides de Neptuno. Espero con ansia el día que termine mi soledad y llegue a casa, dice Roy sin mucha convicción. 

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